martes, 24 de marzo de 2020

Ya pagará el francés el vino que se bebió


La frase o dicho: “Ya pagará el francés el vino que se bebió”, se utiliza, hoy en día, para afirmar, sentenciar o predecir que alguna afrenta, injurio, agravio, ultraje, ataque, engaño, ofensa,… será debidamente recompensada, cobrada, vengada, satisfecha, reparada… por parte del “agresor” al agredido, injuriado, agraviado, ultrajadado, ofendido… (la variedad de conceptos sirve para catalogar las distintas afrentas que pueden ser utilizadas con este dicho y para mostrar la riqueza léxica de nuestro idioma).
Los orígenes de esta frase se remontan a la Guerra de la Independencia, cuando los gabachos, mejor que franceses en este caso, ya que así se llamaba y se llama aún de forma despectiva a nuestros vecinos al norte de los Pirineos, invadieron España allá por 1808 (otra historia sería explicar el engaño utilizado por Napoleón para invadir España ante la panda de ineptos que nos gobernaban por entonces…menos mal que ahora eso ha cambiado). Esa guerra, trascendental en la evolución histórica de nuestro país, tiene multitud de hechos, hazañas, asedios, victorias y derrotas, y otros acontecimientos plasmados en multitud de libros de historia, cuentos populares, cuadros (seguro que alguna vez habéis visto el cuadro de Goya del “2 de mayo”, aunque el nombre correcto es “La carga de los mamelucos”), y que hoy en día se conmemoran en todo tipo de festividades por infinidad de pueblos de nuestra querida España, esta España mía, esta España nuestra, … como cantaba Cecilia (¿a qué estáis tatareando el estribillo?).
Pues resulta que los franceses, además de pasar a cuchillo a muchos españoles y de estar durante seis años ocupando nuestra bendita tierra, se dedicaron a aprovecharse de nuestros recursos agrícolas, ganaderos, mineros, … Sirva como por ejemplo que no quedó un tonel de vino lleno allí por donde pasaba el ejército francés, que se lo digan a la gente Montilla o del Campo de Jerez. Precisamente en la provincia gaditana, en el asedio francés a la ciudad de Cádiz, la única ciudad que nunca pudieron tomar por su singularidad geográfica y por la ayuda de la flota inglesa, todo sea dicho, los gabachos instalaron uno de sus campamentos de campaña en lo que hoy se llama “el pinar de los franceses” cerca de Chiclana, y desde allí hostigaban infructuosamente la tacita de plata como ya se ha dicho (es que los gaditanos tienen un par) y visitaban entre asedio y asedio las tabernas de la zona. Además, muchos franceses, sobre todo oficiales, se instalaron en casas de españoles de los pueblos cercanos a Cádiz. Imagínense al gaditano de la época teniendo un francés en su mejor alcoba y teniendo encima que servirle con sus pobres recursos, el poco pan y el poco vino que tenían, o a los taberneros, sirviendo vino de Jerez, que parece que les gustó bastante y mucho a los gabachos, quienes se aficionaron mucho al fino y se pusieron más de una vez “finos”, sin pagar el euro de la época a cambio, si acaso una insignificante limosna. Mientras peor les iba en Cádiz, más acudían a las tabernas, desde antiguo el pesar se ahoga en vino. Pues parece ser que fueron esos taberneros, asqueados del abuso de los gabachos, aunque serviles y callados (no tenían ganas de morir ahorcados) quienes empezaron a mascullar la frase “ya pagará el francés el vino que se bebió…”
Asedio a Cádiz

Pero no solo fue vino lo que los franceses esquilmaron en aquella guerra, y es que a pesar del sentimiento de superioridad que sentirían los gabachos de la época por ser los precursores de la Ilustración y su valores, por haber acabado de un plumazo, mejor dicho, de un guillotinazo  con la monarquía absoluta de Luis XVI, por ser la vanguardia artística de la época y por poseer media Europa, resulta que sentían verdadera admiración por el arte español, y si bien tratarían con desdén al españolito de turno, resulta que conocían muy bien a Murillo, Velázquez, Zurbarán,… así que ya que habíamos sido unos generosos huéspedes abriéndoles las puertas de par en par y dándoles nuestro mejor vino, por que no se iban a quedar con nuestro patrimonio artístico y así fue que, los años de la Guerra de la Independencia, fueron los años del mayor expolio y saqueo que nunca hayan sufrido las obras de arte en España. Conste también, que la orfebrería y la joyería también fue muy apreciada por los gabachos, pero ya se me alarga mucho el artículo.
Resulta que antes de que comenzara la Guerra de la Independencia, Napoleón endiosado como emperador, había proyectado la creación de un gran museo en París (en aquel entonces se llamaría Museo Napoleón, pero con el tiempo se llamará Museo del Louvre, ¿a qué os suena?) y llevaba años saqueando patrimonio artístico por media Europa…e incluso Egipto, para eso, solo tenéis que pasearos tranquilamente por los inmensos salones del museo el Louvre para poder llegar a calcular lo que los franceses saquearon y expoliaron durante aquella época o contemplar el majestuoso obelisco que hoy día preside la Plaza de la Concordia en París, y que procede del templo de Lúxor. Ese Museo debía de ser una gran pinacoteca que albergara los grandes tesoros del mundo, cuyos atrasados e incultos pueblos, los habían mal conservado y nunca suficientemente valorado, por lo que para eso estaban ellos, los más ilustres gabachos para recogerlos amablemente y presentarlos al mundo.
Napoleón, que había “colocado” a su hermano en el trono de España, el ilustre José I Bonaparte (más conocido por los españoles como Pepe Botella), uno de los "encarguitos" que le había encomendado a su hermano era recopilar obras de arte para mandarlas a París y completar el dichoso museo napoleónico. Lo primero que hizo Pepe Botella es suprimir las ordenes religiosas mediante Real Decreto, por lo que todos sus bienes, obras de arte, joyas, terrenos, edificios pasaban al Estado, es decir, al Bonaparte que teníamos como rey. Mucho Pepe Botella, pero tonto no era... Incluso copiando a su hermano, ya que se iba a requisar miles de obras de arte, José I también proyecto crear un museo en Madrid, el Museo Josefino, para deleite de los españolitos y así poder ganarse, poco a poco, el favor de estos, que no olvidemos que entre medias estaban en guerra.
Lo cierto es que a raíz de ese decreto se llevó a cabo un gran expolio artístico. En Sevilla parece ser que se robaron, perdón, se requisaron casi mil obras de arte, que fueron almacenadas en el Alcázar, con la intención de trasladarlas a los museos de París y Madrid, pero, muchas de las cuales…casualidad, se perdieron en el camino.
Este expolio fue muy bien aprovechado por oportunistas y especuladores de la época, como el marchante Frederic Quillet, encargado de inventariar las obras artísticas para el Museo Josefino, pero que, entre obra y obra, “soplaba” alguna para su colección privada y posterior venta, como la famosa “Venus del Espejo” de Velázquez, siendo tal el descaro, que fue cesado de su cargo. Entre los caraduras expoliadores destacan los propios generales del ejército francés, como D’Armagnac, Sebastini, Murat, … pero, sin duda alguna, el primer premio se lo lleva el mariscal Soult,
"Inmaculada de Soult" de Murillo
que incluso da hoy nombre a una famosa Inmaculada de Murillo, la “Inmaculada de Soult”, que afortunadamente se expone hoy en El Prado. Este mariscal, sin escrúpulos y vergüenza, atesoró una espectacular colección privada, sobre todo, de artistas italianos de quienes era muy aficionado la criaturita, que fue mandando regularmente a su esposa en Francia (muchas de las cuales serían de las perdidas en el Alcázar de Sevilla) y que se exhibió, muy orgullo él, en su palacete parisino y en su castillo de Soult-Berg.
Cuando hacia 1813, los franceses empezaron a perder terreno en España ante el avance de las tropas anglo-españolas, a José I no le quedó otra que huir, siendo frenado en Vitoria, donde para salvar el pellejo tuvo que dejar los centenares de lienzos que llevaba consigo. Resulta que el General inglés Wellington, que derrotó a los franceses en Vitoria, encontró las pinturas, grabados, dibujos, dejados por el Bonaparte y las mandó a Inglaterra. Tras ser catalogados y comprobarse que la mayoría pertenecían a las colecciones reales españolas, el general británico decidió restituirlos a España. Pero resulta que para entonces ya teníamos al felón en el trono, al zopenco de Fernando VII, y este no tuvo otra cosa que regalarle al inglés tal valiosísima colección de pinturas, entre las que destacan tres cuadros de Velázquez, como el “Aguador de Sevilla”, que se exhiben hoy en día en el Museo de Wellington, en la “Apsley House” de Londres.
"El aguador de Sevilla" de Velázquez

Lamentablemente, muchas obras de arte se perdieron y hoy cuelgan de las paredes de museos foráneos, otras se recuperaron.
Tras seis años de guerra, los españoles conseguimos “echar” a los franceses (aunque nos devolvieron a Fernando VII, que mejor hubiera sido que hubiera seguido en Francia bebiendo y jugando al billar tranquilo mientras los españoles lucharon para expulsar a los franceses), así que se pagó parte del vino que se bebieron. Aunque la mejor “venganza” nos la hemos tomado más recientemente, gracias a ciclistas como Perico Delgado, Alberto Contador, Miguel Indurain, … o a tenistas como Bruguera, Moya y, sobre todo, el gran Rafa Nadal, muchos “maillots” amarillos y “copas de los mosqueteros” cuelgan hoy en vitrinas españolas…tarde, pero el francés acabó pagando el vino que se bebió…

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