Lo de inventar o perpetrar excusas para entrar en
una guerra no lo inventó el trío de las Azores en la guerra de Iraq… ¿os suena
los de las armas de destrucción masiva?, viene desde la Antigüedad, y ejemplos
hay cientos, ¿os acordáis también lo de la oreja de Jenkins?). Pues bien, una
de las mayores y trascendentales excusas, por lo que menos en lo que a nuestro
país respecta, es la del hundimiento de barquito en el puerto de la Habana, el USS
Maine, que hizo que EE.UU. declarara la guerra a España, la cual resultaría
trágica para nuestro país, puesto que perderíamos nuestras últimas posesiones de
ultramar, las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, además de suponer un
marasmo psicológico y anímico, un durísimo golpe para la opinión pública
española, que empezó a ser conocido como la Crisis
del 98, seguro que sabéis que hasta una generación literaria surgió de
aquella crisis, con escritores como Antonio Machado, Unamuno, Pío Baroja,
… que mostraron la decadencia política y
social de la España del desastre colonial y mostraron la realidad de una época de
urgente transformación, de regeneración como se llamó entonces…
Tras la independencia de la mayor parte del
imperio a inicios del siglo XIX, sólo las islas antillanas de Cuba y Puerto Rico, y el archipiélago de las Filipinas, en el sudeste
asiático, continuaron formando parte del imperio español (también algunas islas
del Pacífico como las Marianas o las Carolinas). Sin duda alguna, la
niña bonita era Cuba, cuyo tabaco y, sobre todo, la caña de azúcar (no por el
ron, si no por el azúcar…, ¿a qué ya estáis pensando en caciques, negritas o
barcelós con cola?), eran de vital importancia para la economía española,
siempre moviéndose en el alambre, con déficit y deudas como síntomas crónicos
de la salud financiera española.
Desde 1868 se habían iniciados
varias insurrecciones, como la
llamada “Guerra de los Diez Años” en Cuba,
contra el centralismo peninsular, que impedía cualquier tipo de autonomía administrativa, a parte de
la ausencia de derechos políticos de
representación en las Cortes. Las promesas para frenar esas
insurrecciones pronto quedaron en el papel…
Además, estaba el asunto de la esclavitud… no penséis que la caña
de azúcar se recogía con máquinas cosechadoras, para ello estaban los esclavos
que “altruistamente” recogían tan preciado botín para endulzar los
dulces y cafés en la Península, donde ya había un fuerte movimiento a favor por
su abolición, lo que iba en contra de los intereses de los hacendados cubanos
(todos blancos y de origen peninsular). No será hasta la década de los 80 de
ese siglo cuando se prohíba la esclavitud en Cuba y el resto de colonias… tarde,
pero llegó al fin.
Por aquellos entonces, Estados
Unidos, en pleno desarrollo y despegue industrial, recibía a millones de
inmigrantes europeos que buscaban una nueva oportunidad y, además, ayudar construir
ese enorme país en plena expansión hacia el Oeste (alguno sería el tatarabuelo
del presidente de color naranja que tienen ahora… y mejor lo dejo ahí…), a la
vez que iban aniquilando o “encerrando” a los verdaderos americanos en “reservas”
(seguro que todos habéis visto algún “western” donde aparecen esos
crueles pieles rojas despellejando cabelleras de valerosos soldados americanos,
todos muy rubios… enciman les llamaban salvajes,
¡qué manera de desvirtuar y manipular la realidad! … ¿creéis que ahora no se
hace?).
Pues
nada, que los yanquis empezaron a expandirse, adquiriendo Hawái y
Alaska, y ¿adivináis donde pusieron su siguiente objetivo e interés?... Pues
sí, en Cuba… en su azúcar y tabaco. Además, el presidente americano de entonces
había desarrollado la doctrina Monroe
(“América para los americanos”) para reivindicar sus legítimos intereses
en Cuba, frente a los europeos (aunque tengo mis dudas si los americanos de
entonces, como los de ahora, sepan con certeza que España esté en Europa…). Como
hicieron con Alaska, que se la compraron a los rusos, la primera intentona fue
comprársela a los españoles (décadas antes ya les habíamos vendido la Florida…
¿os imagináis qué negocio tendríamos con Disneyland si ese territorio todavía
fuera nuestro? En este caso, el gobierno español rechazó la venta… humildes,
pero con honra.
Puesto que los españoles se negaron
a vender la isla, los americanos cambiaron de estrategia y empezaron a insuflar
dinero los independentistas cubanos, liderados por José Martí, además de
proporcionarles armas y armamento. Paralelamente, la prensa americana empezó a
preparar el terreno, engordando la leyenda negra que desde tiempos de Felipe II
se había creado para desprestigiar a España y justiciar guerras, conquistas,
etc. (lo de la leyenda negra persiste, solo hay que leer la prensa indepe
catalana o escuchar a sus voceros o trileros… ¿os suena lo de España nos
roba?).
Así, con la jugosa e intencionada
ayuda norteamericana, José Martí y sus correligionarios se levantaron en armas
en 1895 con el llamado Grito de Baire.
Desde un primer momento, los insurrectos cubanos llevaron a cabo una táctica de
guerrillas, de hostigamiento continuo hacia las tropas españolas, volando
trenes y destruyendo las plantaciones y el ganado y, claro, matando a jóvenes españoles que no disponían de las 1.500
pesetas que en aquellos tiempos te permitían librarse de la guerra (por
entonces, el servicio militar y, por extensión, luchar en una guerra, podía ser
librado por el pago de esos 9 euros de hoy en día, una verdadera fortuna para
la mayoría de familias españolas, pero fácilmente asequible para la clase
burguesa … ¿adivináis los hijos de quienes morían siempre en la guerra?).
Mientras la guerra seguía con crudeza, llegó a la
presidencia americana un tal McKinley, que desde el primer momento
mostró gran interés por el conflicto hispano-cubano e inició un tono belicista
contra España, muy bien acompañada por la prensa norteamericana, criticando de
manera exacerbada la dureza ejercida contra los cubanos, caricaturizando a los
españoles y, en definitiva, preparando el terreno para un previsible y deseado
conflicto con ese viejo país europeo. Así que se necesitaba una excusa que
encendiera la mecha para la guerra…
Y. ¡casualidad!, en febrero de
1898, en el puerto de la Habana se encontraba un acorazado estadounidense
para velar por los intereses norteamericanos en la isla, el famoso USS Maine.
Más bien estaba para intimidar y amenazar… Pues bien, a las 21:40 del 15 de febrero,
reventó… explotó y se hundió de forma inesperada, provocando la muerte de más
de 250 norteamericanos, 254 marineros de tropa y 2 oficiales para ser precisos,
(el resto de la oficialidad estaba de permiso, ¿curioso?)
¡Premio! … ahí estaba la anhelada excusa… así que
de manera inmediata y contundente la prensa y el Gobierno de Estados Unidos
culparon a España de la voladura, claro está, sin pruebas y sin esperar a la
investigación pertinente. Así titulaba de New York Journal: “El
barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto
del enemigo”. Había, incluso, quien había visto a un individuo en un bote
arrojando una bomba… que potencia tendría el individuo y la bomba…o un torpedo…
Aunque con los resultados ya determinados, como
suele ocurrir, se crearon dos comisiones (una americana y otra española,
porque ni para esto se ponían de acuerdo) para investigar las causas del
hundimiento. La comisión americana determinó que la explosión había sido
provocada y externa… una mina colocada debajo del buque… (le faltó decir encima
de una paellera). La española concluyó la explosión era debida a causas
internas (No hubo columna de agua, ni siquiera había peces muertos en el
puerto, lo que sería normal en una explosión desde el exterior).
Parece ser, que la causa más probable pudo ser que
una de las calderas estallara o que se prendiera fuego en la carbonera donde se
guardara el carbón, que prendería el almacén de pólvora adjunto, siempre de forma
accidental… pero… ¡Qué más daba! La opinión pública norteamericana, bien
adoctrinada, lo tenía claro…España era la culpable.
Lo primero que hicieron los yanquis fue ofrecer
otra compra de la isla (¿A cuánto estaría el kilo de isla en aquella época?), oferta
que fue tajantemente rechazada por el gobierno español, ya que preferían una derrota honrosa antes que una paz comprada. Además, en estos momentos de crisis,
es cuando el patriotismo se enardece… La prensa española no era menos que la
americana y con igual tono belicista y nacionalista alentaba a la guerra. ¡Los
hijos del Cid derrotarían a los del tío Sam!
EE. UU. subió el nivel de amenaza… mandó un ultimátum
en el que se exigía la retirada inmediata de Cuba (aunque antes de recibir
respuesta, ya estaba movilizando voluntarios para la guerra), lo que fue
nuevamente rechazado por el gobierno español, que seguía negando cualquier
vinculación con el hundimiento del Maine, declarándole la guerra en caso de
invasión de sus territorios.
Justo lo que quería Estados Unidos,
que en abril declaró la guerra a España. Y la verdad, fue breve…decidiéndose en
el mar por la enorme superioridad naval estadounidense.
Primero,
la flota de Estados Unidos, anclada en Hong Kong, se dirigió a Filipinas,
destruyendo a la débil flota española, en dicho archipiélago, el 1 de mayo, en Cavite y el 14 de agosto cae Manila sin
oponer resistencia, cuando ya se había firmado el armisticio.
En
Cuba, el 3 de julio la flota del almirante Cervera, resguardada en la bocana
del puerto de Santiago de Cuba, salió a enfrentarse de forma temeraria y estúpida
a la muy superior estadounidense del almirante Sampson, que la esperaba fuera… y
claro, fue totalmente destruida por la escuadra y el 17 se rendía Santiago de Cuba. A finales de julio
las tropas estadounidenses desembarcaban en Puerto Rico.
El 10 de diciembre de 1898, por el Tratado de París, España renuncia a
Cuba y cedió a Estados Unidos Filipinas y Puerto Rico y la isla de Guam en el
archipiélago de Las Marianas a cambio de 20 millones de dólares. Cuba se
convirtió en una República independiente, aunque bajo la “supervisión”
de Estados Unidos, mientras que Puerto Rico y Filipinas quedaron bajo
administración directa de los estadounidenses.
La pérdida de las últimas colonias
fue conocida en España como el desastre del 98, y marcará el devenir político,
económico y social de España en las primeras décadas del siglo XX.






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